Kino-cine
Como muchos, no escondí mi extrañeza por el anuncio de la versión mexicana de The Office.
Aunque no es la primera, los fans de la versión estadounidense comprendemos lo paradigmático que fue esta para la comedia televisiva en general.
Digo esto, porque siendo mexicano sabemos que las versiones nacionales de lo estadounidense normalmente salen mal. Incluso azuzan la idea de que el cine mexicano es por antonomasia malo, vulgar y hasta mediocre.
En este contexto, La Oficina no está ni de cerca de formar parte de ese reducido grupo. Antes bien, me hizo reír y entretenerme y recordar que también es buen sentarse a ver una serie por el sólo hecho de descansar o pasar un buen rato a solas o en compañía.
No seré el primer y el último en remarcar que lo positivo de la serie, entre otras cosas, radica en que no copiaron el modelo de Estados Unidos -ni de ningún otro-, más bien, descifraron que la serie como tal gusta de provocar cringe, hacer chistes tan malos que se vuelven buenos, de tal vez exagerar la comedia hasta rayar con un humor muy negro.
La Oficina traduce esos conceptos con lo mexicano: la picardía, el doble sentido, el albur; no porque estos sean constitutivos, sino porque son comprendidos de una u otra manera.
La Oficina además se encarga también de apostar por caras nuevas, de sacarle el mayor jugo a sus personajes y que ellos den todo de sí. El personaje de Jerónimo Ponce III es Michael Scott, pero no es su copia, comprende sus características, pero no trata de hacer sus mismos chistes. Es ese jefe “buena onda” que busca ganarse el aprecio de todos sus empleados. Sus chistes exageran la realidad, pero es esa exageración la que provoca una carcajada.
Confesaré que tuve que ponerle pausa a cada rato a la serie para poder soltar la risa sin disimulo. Aprecie los detalles de producción: la taza del jefe, los fondos de pantalla de la computadora de Jero, el cartel de “la cocina de Tula: tula ensucias, tula limpias”, pero también los momentos incómodos que como en la serie quisiéramos replicar en la realidad: voltear a la cámara, el chiste en sí mismo que es Tlaxcala.
Disfruté la serie y sólo el tiempo dirá cuánto dure. No obstante, es un hecho que gran parte del público mexicano ya tiene en su corazón esta primera temporada de ocho capítulos. Cada uno tiene momentos que hacen reírnos a más no poder y nos recuerdan lo bonito y cómico que es vivir en este país, pese a todo.
