DANIEL FLORES

Además, mientras dicha criatura estaba ocupada en la escritura de este tratado, derramó muchas lágrimas santas y mucho llanto, y a menudo se materializaba una llama de fuego en su pecho, candente y deliciosa.El libro de Margery Kempe (1501)

A nivel personal, el honor más alto que puedo recibir si algún día consigo dirigir una película (o realizar una obra artística) es conmover al público como lo hizo esta película de la cineasta china. Me gustó mucho, por ejemplo, recordar The whale de Darren Aronofski y la sensación final de choque emocional que no sólo viví yo, sino todo el público con el que compartí la sala aquella primera vez que vi esa cinta.

Ese shock lo volví a sentir con Hamnet. Y lo que todos los asistentes coincidimos, sin decirlo, fue en esperar hasta que prendieran las luces de la sala para salir. Así también ocurrió con la película protagonizada por Brendan Fraser.

Pese a no coincidir plenamente con ello, Hamnet me hizo recordar que el arte busca vincularse con las emociones. Mi opinión personal contra esta idea, cabe mencionar, es que el arte se vuelve funcional para aparatos ideológicos cuando se limita a lo emocional. Sin embargo, esta película removió mis propias convicciones y creencias.

Es idílico escuchar a Chloé Zhao, luego de que la cinta ganó el Golden Globe 2026 a mejor película de drama, cuando dijo que “el trabajo del artista es aprender a ser lo suficientemente vulnerable; permitirnos ser vistos por quienes somos ahora y darnos por completo al mundo, incluso con las partes que nos avergonzamos”; porque justamente de eso se trata Hamnet, de permitirnos sentir porque somos las emociones que padecemos.

Creo que todos hemos pasado por muertes significativas, sin embargo, le encargamos al mundo que nos sane. Relegamos la responsabilidad a la nada, no nos preocupamos por nuestras lágrimas o nuestro corazón roto. Preferimos evitar lo emocional, el llanto, las risas y todo contacto que nos ligue a las emociones. Cuando no debería de ser así. Agnes, la protagonista de la película interpretada estupendamente por Jessie Buckley, la llaman bruja, pero es vista así por conectar con su entorno: el bosque, las plantas, su madre, las historias y el llanto; en suma, se le impone no sentir. William, el otro personaje principal, interpretado por Paul Mescal, también siente, pero a veces se le olvida.

Si Agnes es una persona con intensidad emocional, ¿qué pasaría cuando viva la muerte de uno de sus hijos? Ocurre, pero en ningún momento niega su dolor, incluso se la ve luchar por conservarlo. Y no le pide permiso a nadie, ni se minimiza por ello, sólo lo vive. Tal vez ocurra lo contrario con William, pero sólo más tarde volcará sus sentimientos en la obra de teatro Hamlet.
Lo esencial de Zhao reside creo yo en transmitir colectividad en el duelo.

El llanto final del público en el teatro tras la muerte de Hamlet somos nosotros frente a la pantalla del cine, viviendo el dolor, pero de manera colectiva. En su ensayo Desmorir. Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista Anne Boyer sostiene la idea de colectivizar el llanto, esto es, erigir, literalmente, un monumento público a las lágrimas que garantizara la exposición del sufrimiento individual y personal de manera compartida y que brindara “protección contra reaccionarios antitristeza”, aquellos que odian a los “llorones”.

Sostengo que Hamnet es ese monumento a la tristeza, así como todas aquellas películas que nos interpelan, nos cuestionan, nos emocionan y nos recuerdan todo lo que significa vivir. Adquirimos el hábito de vivir antes que el de pensar, dijo Albert Camus, y creo que el signo de existir reside en la capacidad de sentir, pero ese sentir no es aislado, no somos bloques de hielo ni vasijas que acumulan experiencias sin contenido afectivo, al contrario, somos sensaciones y el cuerpo que somos recoge la capacidad de materializarlas.

Incluso Annie Ernaux citó en su libro Los años a José Ortega y Gasset lo siguiente: nous n‘avons que notre historie et elle n’est pas à nous (sólo tenemos nuestra historia y no es nuestra). Si compartimos la historia que nos constituye, ¿por qué no compartir las lágrimas que las atraviesan? Quizá el cine no sea otra cosa que ese monumento efímero donde el dolor deja de ser privado para volverse experiencia común.